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Fetichismo de barrio

La vida de barrio es una vida sensible. Frente a la necesidad de entumecer nuestros sentidos ante la multiplicidad de sensaciones que nos ofrece la gran ciudad, el barrio se ha mostrado, tradicionalmente, como un espacio afable, cercano, emocional. Su conformidad como ámbito de relaciones sociales cuasi-primarias, a caballo entre las familiares y las secundarias e instrumentales y oportunistas típicas del mundo laboral o de los grupos de iguales, es lo que ha permitido su cierta fetichización, una dinámica que muestra una gran diversidad de consecuencias.

El vivir juntos, habitar espacios cercanos que intensifican los encuentros y favorece la intercomunicación, hace posible el despliegue de formas de colaboración, cooperación y ayuda mutua, exclusivas de estos contextos. Es la convivencia la que nos permite poner en común intereses, problemas o inquietudes y ser conscientes de las múltiples inquietudes que compartimos. El barrio, de forma histórica, ha sido una fracción fácilmente sumable, pues contaba con un denominador común conformado por necesidades materiales y simbólicas intercambiables; unas necesidades que se evidenciaban en el territorio de socialización por excelencia, que era la calle. El ahora denominado espacio público actuaba, de este modo, como escenario de encuentros y manifestaciones. Sin embargo, conforme este ámbito ha ido siendo restringido por mecanismos de control social -su privatización, las formas de exclusión-, las posibilidades de interacción han mermado, aunque no desaparecido. Quedan márgenes que aún contienen la enorme potencialidad que suponen las relaciones sociales humanas, como los huertos urbanos, ocupados o no, las fiestas populares, los casales y ateneos, los centros sociales, las asociaciones familiares de alumnos y alumnas, etc.

La construcción de un ‘nosotros’

La apelación anterior al barrio histórico o tradicional no es banal. Las ciudades, hoy día, han devenido elementos centrales de los procesos de acumulación capitalista, algo que ha influenciado sobremanera su especial forma de vida. Para la existencia de un espacio sensible es necesaria la continuidad de las relaciones sociales; únicamente así es viable construir algo parecido a un nosotros. No obstante, la precariedad laboral, la financiarización de la vivienda o el consumo exacerbado como forma de distinción, entre otras, han complicado la necesidad de una cierta estabilidad socio-espacial.

Todo, y todos, se mueve en los barrios de hoy, en línea con la sociedad turbo-capitalista actual, orquestado por unos resortes que no se encuentran en el propio barrio, ni en la propia ciudad. El terremoto urbano actual no es consecuencia única de las decisiones que se toman en ayuntamientos, gobiernos autonómicos o nacionales, ni siquiera en espacios políticos de poder internacional, sino que deviene de una multiplicidad de actores, con nombres y apellidos, pero casi siempre invisibles, que actúan única y exclusivamente seguidos por el afán de lucro.

Es ahí hacía donde han de dirigir su mirada aquellos movimientos -asociaciones de vecinos y vecinas, plataformas, sindicatos barriales, etc.- interesados en solventar las mencionadas necesidades materiales y simbólicas, que son cada día más evidentes, algo que únicamente es posible mediante la articulación de estos colectivos a otras escalas mucho mayores. Solo así sería posible salir del fetichismo de barrio.



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