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“Si me tocan las narices, aún pongo más empeño en la lucha”

A la antigua cementera Asland, hoy Lafarge -situada a la altura del kilómetro 3 de la C-7, en el término de Montcada i Reixac- le ha salido un enemigo acérrimo. Y además aragonés, que es casi como decir doble enemigo. Pero es que la lucha en la que está embarcado nuestro hombre requiere de toda la perseverancia y testarudez de los oriundos de su tierra. Se trata de José Luis Conejero, presidente de la Agrupación de Vecinos de Can Sant Joan, barrio contiguo a la cementera. Desde hace una década lidera la protesta contra la polución que emite esta empresa.

Usted llega a Montcada en 1974, con veinte años. ¿Qué se encuentra?
Un barrio con graves carencias, Can Sant Joan, que había que dignificar. Y una cementera que por aquel entonces llevaba ya años contaminando -comenzó a funcionar en 1917-, aunque únicamente por producción de cemento.

¿Únicamente?
Sí. Es que posteriormente, en 2008, la Generalitat le concedió el permiso medioambiental para poder incinerar residuos. Y así, a la polución por producción de cemento se sumó la contaminación por incineración.

¿Qué es lo que se incinera en la cementera Lafarge?
Lodos de depuradora, CDR (residuos urbanos, fracción resto…).

¿Lodos de depuradora?
Sí. Cuando las depuradoras reciben el líquido procedente de los desagües industriales y humanos, se separan los residuos sólidos del agua y se desecan. Una vez secos, son entregados a la compañía, que los utiliza como combustible, incinerándolos. ¡Y además el gobierno catalán le paga un tanto por tonelada de lodo incinerada!

El negocio es redondo: la Generalitat se libra de los residuos y la cementera hace realidad el sueño dorado de toda empresa: no pagar por el combustible que consume, sino cobrar por él.

El negocio será redondo, pero parece insano.
¡Imagínese! Los lodos de depuradora contienen importantes cantidades de elementos tóxicos (metales pesados, dioxinas, furanos, COPS, etc.) que, al incinerarse, son liberados a la atmósfera. Pero es que el permiso medioambiental de 2008 permitía, además de incinerar, depositar dentro del cemento fabricado por la compañía sustancias nocivas como escorias de hierro, “cenizas volantes como aditivo para el cemento” o el propio residuo que resulta de la combustión de los lodos y que no se libera a la atmósfera.

Resulta difícil imaginarse “eso” dentro de las paredes de nuestras casas. ¿Tiene constancia de que toda esta polución haya afectado la salud de las personas?
Notamos que cada vez más vecinos padecen cáncer. Parece una plaga. Incluso se están dando casos de niñas a quienes ha venido la regla prematuramente. Lo malo es que, de momento, no se puede probar una relación causa-efecto entre la contaminación de la cementera y la incidencia de cáncer. Hemos pedido estudios epidemiológicos, pero nos los han denegado.

En todo caso, un estudio de la Universidad Carlos III asegura que las personas que viven en un radio de cinco kilómetros alrededor de una fábrica de cemento, tienen más posibilidades de contraer ciertos tipos de cáncer. En nuestro caso, esos cinco kilómetros supondrían un área que incluye Santa Coloma de Gramenet, Ripollet, la Llagosta, distritos barceloneses como Nou Barris y Sant Andreu…

En un artículo sobre este tema aparecido en octubre de 2014 en Carrer (“Lafarge, la cementera de la discordia”), señalaba que lo que ocurre en Montcada no hubiera sido posible “sin que algo falle gravemente en el entramado político y de los agentes sociales”: los sindicatos, por ejemplo, “brillaron por su ausencia”, en opinión tanto de los vecinos como de Ecologistas en Acción.
Efectivamente. Tenemos constancia de que, cuando la Sección Sindical de CCOO de Montcada apoyó nuestra lucha, la ejecutiva de Cataluña le llamó al orden para que cambiara de opinión. Y en las reuniones conjuntas de todas las partes (dirección, comité de empresa, vecinos y sindicatos), éstos últimos no hacían más que favorecer el punto de vista de la compañía. Incluso las ejecutivas catalanas de ambas organizaciones (CCOO y UGT), junto con el comité de empresa de Lafarge, han llegado a organizar manifestaciones en contra de nuestra lucha, recurriendo para ello incluso a liberados sindicales de otras localidades.

¿Pero cómo un sindicato puede ir contra una lucha vecinal?
Según estas organizaciones nuestra lucha puede llegar a “poner en peligro puestos de trabajo”. Pero la razón real nos parece otra: las ejecutivas de CCOO y UGT están integradas dentro del CEMA (Fundación Laboral del Cemento y el Medio Ambiente), organización financiada por las fábricas de cemento, y parece que les interesa más no llevar la contraria a las empresas que la salud de los vecinos afectados.

La Generalitat también se ha cubierto de gloria.
Por desgracia, sí. El Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) anuló en 2013 el permiso concedido en 2008, dando así la razón a los vecinos, que habíamos denunciado a la cementera por la vía contencioso-administrativa. Y aunque la sentencia no era firme, la Generalitat podría, en base a ella, haber suspendido provisionalmente la actividad de la fábrica o, al menos, haber endurecido su política con inspecciones, etc. No hizo nada. Bueno, sí lo hizo: recurrir la sentencia, junto con la propia empresa.

Pero es que en 2015 el Supremo ratifica la sentencia del TSJC, al no haber pasado el estudio medioambiental (imprescindible para obtener el permiso) el requisito de exposición pública. En consecuencia, la compañía debería haber paralizado su actividad.

¿“Debería”?
La sentencia del Supremo ordenaba la anulación del primer estudio medioambiental y la elaboración de uno nuevo. Ante esto, la Generalitat interpreta a su manera, y considera que simplemente reeditando el antiguo informe -esta vez, claro, sometiéndolo a exposición pública-, ya es suficiente. Y así, en dos meses, Lafarge obtuvo nuevo permiso. Y sigue contaminando.

La Generalitat, los sindicatos, la mayor multinacional de cementos del mundo (Lafarge)… ¿no le parece que es una lucha tremendamente desigual?
Sí, pero cuando hago las cosas es porque creo que las tengo que hacer. Claro que tengo momentos de desánimo, pero no estoy solo en esta lucha, me acompaña más gente. A veces unos se sienten más fuertes y otros menos, entonces nos compensamos, nos apoyamos mutuamente. En todo caso, cuando me tocan las narices, en vez de hundirme lo que hago es poner más empeño en la lucha.

Como una ‘gota malaya’
Desde el año 2006 este hombre afable y testarudo, que responde al nombre de guerra de El Maño, dedica casi todas sus fuerzas a luchar contra las incineradoras en general, y contra la de Montcada en particular. Un combate en el que él y su organización vecinal lo han intentado todo: manifestaciones, charlas, conferencias, exposiciones, acciones judiciales y hasta constituir coordinadoras donde se organicen las entidades de las localidades afectadas por la polución. Una labor por la que recibieron en 2015 el Premio a la Lucha Social más destacada de manos de la Confederación de Asociaciones de Vecinos de Cataluña (CONFAVC). Consciente de lo arduo de la tarea, confiesa: “Soy partidario de la acción modesta, pero constante. Soy partidario de la gota malaya”.

José Luis Conejero, presidente de la Agrupación de Vecinos Can Sant Joan de Montcada i Reixac

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